La hija del sepulturero.

Hace poco falleció mi ebook. Muerto grave (chiste familiar). He estado mirando para comprar uno nuevo, pero me han parecido un atraco a mano armada.

Como no puedo estar sin leer y tengo un grave problema de espacio en casa (tenemos tres estanterías repletas), el hecho de comprar libros es imposible.

Solución: bibliotecas públicas.

Ohhhhhhhh, ha sido increíble. No recordaba lo mucho que me gustan las bibliotecas… Y lo que han evolucionado. Bibliotecas 3.0.

Códigos de barras, préstamos y devoluciones en máquinas tipo cajero automático. ¡¡¡Con lo que disfruto dándole a los botones!!! Ordenadores a disposición del público, DVD’s…

He pasado la tarde paseando entre estanterías, sobando lomos, reencontrando autores y títulos.

Cogí un par de libros que tenía en el difunto ebook y de forma casual, he visto esta novela. Pues para casa, se viene conmigo.

Ha sido un gran descubrimiento. Llevo menos de 100 páginas y estoy impresionada.

Y entrado en barrena, he leído todo lo que he encontrado sobre Joyce Carol Oates. Es una mujer apasionante, y su vida, otra novela épica.

Pero mi curiosidad no se detiene, cuando entro en estos episodios de búsqueda y ansia de información.

No sé porqué leo “traducción de José Luis López Muñoz” y ¿quién es este señor? Lo que he descubierto del traductor y de su trabajo me ha parecido admirable.

Conclusión de esta entrada tan lejana de mis lanas y recetas, como diría Luis Eduardo Aute: Pienso que si perdemos la curiosidad no hay nada, no hay reflexión y, por tanto, no hay conocimiento y no hay ninguna posibilidad de saber, de llegar al final de algo. Sin curiosidad, directamente no estás vivo.

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